Llevo años trabajando con hoteles, restaurantes y empresas en Mallorca, y hay una cosa que tengo clara desde el primer día: el dueño sabe de su negocio infinitamente más que yo.
Sabe a qué hora entra el primer cliente, qué plato tiene margen y cuál solo da volumen, qué proveedor falla en agosto y qué empleado sostiene el local cuando la cosa se complica. Eso no me lo enseña ningún Excel. Y no pretendo enseñárselo a nadie.
Por eso desconfío de la figura del consultor que llega a decirte cómo llevar lo que tú llevas montando una década. Si alguien te vende eso, sal corriendo.
El problema casi nunca es que el empresario no sepa hacia dónde ir. El problema es que quiere crecer y, al hacerlo, el negocio empieza a crujir por sitios que no esperaba: la tesorería se tensa en los meses flojos, abre un segundo local y deja de entender dónde gana dinero realmente, factura más que nunca y sin embargo el banco no lo refleja.
Eso no se arregla con más intuición. Se arregla con cimientos.
Cimientos son cosas concretas y nada glamurosas: una contabilidad analítica que te dice qué línea de negocio gana y cuál subvenciona a las demás. Un reporting mensual de siete cifras que puedes leer en cinco minutos. Una previsión de tesorería que te avisa en octubre de que febrero va a venir justo, cuando todavía hay margen para hacer algo. Procesos que no dependen de que tú estés mirando.
Mi trabajo no es decirte qué hacer con tu negocio. Es construirte la estructura financiera para que puedas crecer sin ahogarte en el intento. Tú pones el conocimiento del negocio. Yo pongo los cimientos para que ese conocimiento no se derrumbe cuando aprietas el acelerador.
Es mucho menos épico que un gurú con un método milagroso. Pero es lo que de verdad sostiene una empresa que crece.